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Los tres (o los seis) cerditos

  • Son seis. Solo sé de tres. El primero me lo encuentro rostizado en la calle cuando abandono una discoteca. La imagen: es una noche oscura, un hombre sostiene con su mano izquierda una pipeta verde de gas; con la derecha agarra un soplete que lanza fuego al cerdo que murió con las piernas tiesas, estiradas, oscuras, renegridas ya.

    El segundo sabe que esta noche morirá. Lleva amarrada una pata trasera que no deja de halar su verdugo. El cerdo se da la vuelta al ver la cara de la muerte con el fuego azul y naranja del soplete. Su verdugo le golpea la cabeza y se le atraviesa en el camino. Hala y patea, hala y patea. Descuajaringado en el suelo su verdugo lo arrastra y los cascos de sus patas delanteras rastrillan la calle de piedra y cemento. Es su noche.

  • El tercero está amarrado en la próxima esquina en el parque. Lo encuentro porque no deseo escuchar al segundo renegar de la vida que luego se le escapará.

    Un recuerdo: tres años atrás, en otra discoteca, en la misma calle, un cerdo lloró, gritó, aulló, renegó durante más de diez minutos las puñaladas que entraban y salían. Estaba igual, amarrado de una pata trasera de un poste de energía. Su verdugo tenía un puñal oxidado, oscuro, que no conectaba el corazón. Fueron tantas heridas que pareciera, con el recuerdo que se pierde, como si el verdugo lo disfrutara. Un orgasmo asesino.

    El tercero, entonces, me recuerda al que fue chicharrón en la madrugada de un domingo hace tres años. Lo veo tranquilo, no se entera del soplete, de los puñales, de los golpes, de sus últimos latidos. Un par de perros macilentos caminan a su lado. Ellos sí lo saben: esta mañana será la única posibilidad en la semana para comer carne.

    Él tan calmo que reniego de su ingenuidad. Lo abandono, busco una cama e intento descansar. Luego me levanto a cepillarme los dientes y entonces lo escucho. Bajo unas pocas escaleras y asomo mi cabeza a la esquina, al poste, al tercer cerdo, que ya tiene verdugo.

    Creyéndose vivo el tercero llora, se resiente. Pero es cerdo muerto. Su verdugo clava su bota oscura en la cabeza y transcurren unos segundos que parecen minutos, horas, eternidades. Puro silencio. Se me escurre la espuma por la boca y muerdo las cerdas del cepillo. ¡No se mueve, ya está muerto! Que le quite la bota de la cabeza, me digo. Y entonces el tercero patalea y su verdugo entra y sale como si violara una enemiga. Chilla de nuevo, se entera de que está muerto. El verdugo que es una sombra, lo desata del poste y lo arrastra con una mano. Se me escapa de la mirada.

    Voy de nuevo a la cama, me acuesto y pienso en el soplete, en los aullidos de uno, tal vez el segundo, y de un cuarto, un quinto, un sexto. Luego me duermo, o eso creo, y entre sueños sigo contando cerdos, puñales oxidados, botas oscuras, verdugos fantasmales, perros carroñeros.

    -¿Esta carne es de los marranos que mataron anoche?- pregunto a la mujer que me sirve al amanecer el desayuno.

    -Sí.

    -Entonces no, gracias.

    Aún parezco escucharlos.

    * Juan Camilo Gallego Castro (Guarne, Colombia, 1987) es periodista de la Universidad de Antioquia. Autor del libro Con el miedo esculpido en la piel. Crónicas de la violencia en el corregimiento La Danta (2013), es especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario de la Universidad de Antioquia y estudiante de una maestría en Ciencia Política.

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