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La pléyade y su principado

  • En el momento en el que comprobé que su principado hacía parte de una pléyade de personajes fieles a las formas y las apariencias, me dije: escribiré una carta de amor. Sin mucho convencimiento, claro. Y aquí estoy, apartándome de las convenciones, del papel sellado, abriendo camino para que el orden simbólico de los ideales tenga cabida –así sea desde la indignación-.

    El momento en Guarne fue revelador. Todos –todos- se dirigían al príncipe de la pléyade con reverencia, precediendo su nombre del sonoro “doctor”. Gracias al doctor, al honorable concejal –que en realidad sólo es un título y poca evidencia de altura-, a sus manos dadivosas que reparten dinero a los más destacados estudiantes y deportistas en un evento denominado La noche de los mejores. Doctor en la presentación, doctor en el saludo de cada miembro de la pléyade, doctor, doctor, doctor. Zalamerías y publicidad política.

  • Luego el príncipe en el púlpito, con manos empuñadas haciendo su discurso. Con temple, como nunca, con bríos de político en el principado. Desde allí, en lo alto del auditorio, los demás son licenciados, profesionales, directores y no doctores. Él es el único doctor, y queda en minúscula, pues en Colombia se acostumbra utilizar esta pamplina como prefijo de los políticos, así el dinero en las manos se haya escurrido como arena en una zaranda. Acaso doctores sin serlo, acaso honorables, acaso motivados por intereses particulares y no generales. Es la política, es la crisis de la democracia representativa que tanto debaten los teóricos.

    Termina su discurso. Sonoros aplausos. Ese es el doctor, el doctor del pueblo, sí señores, el doctor de los 5.691 votos. Y voy entre doctor y príncipe de la pléyade, sin mesura, descuidando las formas. Él, tan altivo, es un hombre de recorridos cortos, obras pequeñas, regalos, ¡qué bueno es el doctor! Los recorridos largos, por su parte, lo encierran y sofocan. Entonces no hay respuestas, tan solo silencios prolongados y salida al paso cuando el incendio acecha el cuarto trasero de la casa. Luego, las medidas: publicidad por diferentes medios, en donde se atribuyen inversiones que no solamente son propias, y manejo de los medios de comunicación, quitando o disminuyendo la publicidad cuando los periodistas no se rinden al sobachaquetismo –permítanme la palabra-, o pagando programas institucionales en donde el periodismo se pierde y sólo se escuchan los aullidos de la pléyade.

    “Aquí todo el mundo entiende la frase “los dueños del país” (que denomino “los dueños del municipio”), aquí con demasiada frecuencia las gentes humildes se dicen unas a otras que esos males son eternos, que es inútil que alguien quiera cambiar las cosas porque “no lo van a dejar”. Aunque no sea fácilmente ubicable su rostro ni definible su lugar, se entiende que habrá siempre algo o alguien que impida que ese modelo de arbitrariedad, de exclusión, de irracionalidad y de injusticia sea modificado”, dice con soberbia William Ospina en Para que se acabe la vaina.

    Cada cuatrenio, camino al principado, aparecen los nuevos salvadores –no todos son indignos, pero sí despreciados- empapados de gentes humildes y campesinos. El príncipe hace un tiempo apareció bendecido por el pueblo –permítanme la aseveración, aunque necesitaríamos debatir para acotar el concepto-. Y ganó.

    El príncipe y su pléyade de honorables –algunos dignos, claro. No todos iguales- asombran y cuestionan. Nos cuestionamos, y no al revés. Hay de aquellos que dicen doctor y reciben el piropo de “honorable” en el concejo, y sin rubor –en un acto de sinceridad característico de un borracho- describe el hecho benefactor de posicionar una funcionaria en una secretaría. (Ver: John Jairo Orrego Porras, el benefactor)

    La historia típica de la dirigencia liberal y conservadora, culpables de guerras de siglos y del atraso de este país, de postergar y olvidar la revolución de los años treinta detenida por el linaje colombiano, bien aplica en el contexto micro de este pueblo dominado por príncipes y su pléyade –no solo el príncipe de ahora, sino también el anterior, turbio, igual de bifronte-. Lo resume William Ospina: “Parece una anécdota, pero es el símbolo de un país donde el poder del discurso y el culto de las formalidades y las apariencias pesaban más que el elemental sentido de la justicia”.

     * Juan Camilo Gallego Castro (@jcamilogallego) es autor del libro Con el miedo esculpido en la piel. Crónicas de la violencia en el corregimiento La Danta, proyecto ganador en crónica de la Primera Convocatoria de Estímulo al Talento Creativo-Antioquia 2012. También es periodista, especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario de la Universidad de Antioquia y estudiante de la maestría en Ciencia Política del mismo centro universitario.

     

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